Le exijo demasiado a mi hijo – Marisa Escribano

 

Según la RAE, la expectativa se refiere a la esperanza, a la ilusión de que se realice o se cumpla un determinado propósito. Es aquello que se espera.

Las expectativas y la esperanza van de la mano: la primera es la ilusión de lo esperado, la segunda es creer que será cumplida; pero el verdadero problema surge cuando las expectativas no son nuestras, sino que se las ponemos a otros. Y cuando las expectativas las ponemos en nuestros hijos; la presión para ellos se vuelve insoportable. Estudiar una carrera que no querían; casarse con alguien que no amaban; trabajar en algo que no es lo suyo, o hacer cualquier cosa que no estaba en sus planes, pero sí en los de sus padres, es algo muy frecuente en nuestras familias.

Es justo decir que tener algunas expectativas para nuestros hijos no es totalmente negativo. Todos deseamos que nuestros hijos sean felices, que estén sanos y sean buenos; aspiramos a que aprendan cosas y se esfuercen, y todos estos deseos son positivos y deseables para cualquier padre o madre que ame a sus hijos. Lo que no está bien es depositar en ellos la exigencia de que cumplan nuestros sueños frustrados, y presionarlos para que nuestros deseos se vuelvan una obligación para ellos.

Con esto lo único que logramos es llenar a nuestros hijos de insatisfacción y baja autoestima, y hacerlos sentir que están muy por debajo de lo que se espera de ellos, o que lo que hacen nunca es suficiente, con una sensación continua de fracaso.

Por ello es importante que nosotros como padres tomemos distancia de nuestros propios deseos y expectativas, para poder mirar a nuestros hijos como realmente son y aceptar sus propios deseos y maneras de ser. Es fundamental comprender que cada uno de nosotros tenemos derecho de elegir nuestro propio camino, y motivar a nuestros hijos para que encuentren y transiten el suyo.

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